“La vida es una buena obra de teatro con un tercer acto mal escrito” esta es una de las frases celebres del periodista y escritor Truman Capote. Empapado de frescura e ironía, Truman trabajó en realizar uno de los libros más influyentes en el área periodística de Norteamérica. “A sangre fría” le brindo a Truman un éxito inesperado.
Es cuestión de lógica entender que detrás de cada escrito, paralelamente, se traza una historia que relata el inicio, el proceso y el fin de la edición del mismo. Para Capote la historia de la edición, de este libro en particular, no fue una linda y encantadora experiencia. Truman, debió involucrarse hasta el punto de comprometer su ética al establecer una relación más allá que la de un periodista y un entrevistado. En el afán de conseguir la información necesaria, él decidió introducirse de una manera maliciosa, jugando con sus interrogados.
De una forma muy traviesa, engañosa y hasta aventurera, Truman se involucro con los personajes de manera más personal, consiguiendo la confianza necesaria para que nada quedara en secreto. Es aquí donde nos preguntamos si esta profesión tiene límites, y si los tuviese, es esencial respetarlos.
Entendemos pues, que la labor del periodista es investigar e informar, pero acaso esto le da la autoridad para engañar y manipular solo para conseguir una nota. Nos vamos encontrando, entonces, con que la ética se vuelve en una característica opcional para el periodista, la moralidad y el sentir humano van desapareciendo.
Es incuestionable el éxito y el valor de un escrito, pero al mismo tiempo se pone en juego sentimientos y pensamientos ajenos a los del escritor. Casos como el de Truman nos hacen reflexionar en las virtudes y decadencias de esta profesión. En si la búsqueda desesperada por una nota nos hace capaces de cualquier cosa. Es ahí donde descubrimos que el periodista no practica la ética sino algo relativo a ella.